La vieja


Al caminar por oscuros pasadizos, de lo que podría pensarse es un túnel laberíntico,

Comienzo a sentir que cada paso resulta más confuso que el anterior y de pronto, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada, procuro mirar atrás y volver raudo por donde se supone llegue, entonces recuerdo de golpe que no hay un momento preciso en el itinerario de mi vida, que marque el paso de otro sitio o habitación a este cámara. Por momentos ella resulta en extremo opresiva y húmeda para luego tornarse imponente e inasible a cualquiera de mis sentidos… olvido con facilidad el detalle de la transición, pese a no ser algo menor. Quizá es parte de la confusión y aún no me he dado cuenta de ello y aunque de improviso estoy consciente y preguntándome con una risa irónica que puedo imaginar; lo que no tiene tregua e ideario, es la forma deshilachada en que opera mi cerebro para justificar los ¿porqué? y ¿cómo? Entonces ocurren dos cosas o lo olvido y continúo avanzando o simple y llanamente me duermo y al despertar sigo caminando sin sentido pero como si fuese indispensable no parar hasta que la duda me asalte otra vez…

¿Como confiar en mi sensibilidad?, mucho tampoco puedo decir de la lógica y sus mecanismos. Aquí no operan más que para generar mayor frustración.

No me hallo cerca, de lo que mi cabeza puede considerar una salida y a lo que me refiero en términos más concretos por laberinto, es a una trampa infinita, casi como andar vagando de noche por el desierto y sin esperanza. De cualquier forma, se lo que parece esto, un estúpido y común símil de la mente o el estado de animo, la metáfora más barata que se pueda encontrar, un lugar lúgubre y descuidado, lleno de dolor e incomprensión, con ratas y cucarachas manando de cada rincón y en cada poro de mi piel, la penumbra que aumenta con el aliento frió de la niebla, bah que idiotez, falta que me ponga a monologar sobre la vida como una droga o haga la típica elegía acerca del mural de rostros enjuiciantes. Pero no, ya he pasado por eso, ya no tengo dieciséis y ese tipo de espectrales y sin duda cliché imágenes me resbalan…

Aunque no da lo mismo, nunca da lo mismo, siempre hay algo a lo que no te acostumbras, para mí… el silencio es inaudito. Lo cual no se si es por una condición intrínseca del sitio o quizá, sólo soy yo. El caso es que la regla se rompe y aparece lo peor que puedo traer a la memoria…

Lo hago con serias aprehensiones y a riesgo de arrepentirme, pues temo que al repetirlo en voz alta, fuerce su ocurrencia.

Es así que un susurro empieza a recorrer las galerías… esta pasando, no lo creo, no debí haberlo pensado, no debí siquiera pretender contarlo. Ahí esta, esta pasando, es ella, llego y sonríe como siempre… al comienzo parece inocente, ¿porqué lo hice?, ¿porqué creí que esta vez seria distinto?, soy un imbecil, su sonrisa es maliciosa, deforme no cabe en su rostro y sus ojos lucen desorbitados, amarillos como dos grandes faros que me impiden voltear, y ahora ese chirrido… ese metálico pitillo y luego la carcajada, es la vieja, la vieja viene, es la maldita bruja con su traje floreado, su moño gris aplastado con aceite y toma vuelo, esta feliz y desesperada, en su cara las dos luciérnagas bajo su frente estallan entre los pliegues interminables de la arrugada carne. Es la vieja con su sonrisa como la de un niño demente que no puede cerrar la boca, que no quiere hacerlo ya que todo es arrastrado hacia sus fauces de dientes desgastados… presurosa llega gritando, no lo soporto, esta cada vez más cerca, siento su vaho y no lo puedo esquivar, no puedo por que los músculos no responden, estoy condenado a ver como grita y gime mientras me mira profundamente, escrutando todo lo que veo y siento. Eso la complace ya que por mucho que sepa lo que va a ocurrir, no me queda más que tolerarlo, vivir la experiencia como la primera vez y así hasta el infinito ya que no puedo acostumbrarme al choque, a su piel contra la mía… no es un sueño, no, no lo es, quisiera creer que es sólo una pesadilla, que hay un giro sorpresivo e inesperado, que una vez que sus manos alzadas que mueven los dedos como gusanos hambrientos lleguen a mi rostro y empiecen a danzar impúdicos, todo terminará… rápido con un sencillo destellar de mi mirada hacia un nuevo día. Pero eso nunca pasa, la espera no termina, aquí no hay sol, aquí no hay despertar. No es un sueño. Este es mi hogar.


Autor: Daniel Rojas.

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